Un país es mucho más que un trozo de tierra para defender del enemigo. Los desfiles militares nos muestran la fuerza de una nación pero esconde unas debilidades que socavan los cimientos sobre los que se asienta, como ocurre hoy en España, día en que se conmemora el orgullo nacional. ¿Qué es ese orgullo? ¿Podemos estar orgullosos de ser españoles?
Decía Antonio Machado hace ciento tres años, durante la conmemoración del primer cententario de la Guerra de la Independencia y diez años después de la pérdida de las última colonias de aquel gran imperio, que no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra. Arengaba a los españoles del momento a alejarse de los viejos mitos heroicos "luchamos por libertarnos del culto supersticioso del pasado", algo que podríamos asimilar a las "siete llaves para el sepulcro del Cid" que pedía Joaquín Costa, para enterrar ese imaginario colectivo que nos había mantenido alejados del progreso experimentado en Europa desde finales del siglo XIX con la revolución industrial y las diferentes revoluciones liberales. Un país se construye labrándolo cada día, no sólo sus tierras, sino también las mentes de las gentes que lo habitan.
Ha pasado poco más de un siglo desde aquellas palabras, con dos dictaduras, una república entre ellas y la monarquía parlamentaria en la que ahora vivimos. ¿Qué nos ha ocurrido a los españoles durante estos cien años para pasar por tantísimos sistemas y terminar regidos por una familia a la que ya se invitó a marcharse en dos ocasiones?
Las ansias renovadoras de aquellos regeneracionistas fueron dilapidadas desde el comienzo de la Guerra Civil. El camino emprendido por ellos, el cerrojazo al pasado mitológico de un país enfermo de fe fue destruido por una dictadura que adoctrinó las mentes de sus hijos en un intento por volver a esos milagros. Volvieron a proyectarse en el imaginario colectivo las imágenes de Pelayo, el sitio de Numancia, la Reconquista contra los moros, el Cid y los Reyes Católicos como adalides de la patria española, cuando prácticamente ninguno de ellos oyeron hablar de ella. España permaneció aislada casi por completo durante cuarenta años en los que el "somos diferentes, afortunadamente" se convirtió en lema de un país encantado de conocerse a sí mismo.
La democracia supuso un pequeño despertar y la integración en Europa dio lugar a un espectacular despegue económico nunca antes visto. Parecía que dejábamos de ser esa deformación de la sociedad europea, ese esperpento acuñado por Valle Inclán. Quedaban atrás los espejos del callejón del Gato y se construían grandes infraestructuras que nos hicieron sentir que éramos los mejores y los más ricos. Pero, ¡ay, amigos! qué duro es que se acabe el chollo y lleguen los tiempos de vacas flacas. Esos políticos en quienes confiábamos se dedicaron a malgastar en grandes fastos ingentes cantidades de dinero público. Tenemos casi un aeropuerto por provincia, más kilómetros de alta velocidad que cualquier otro país europeo, obras emblemáticas que quedan muy bonitas pero tienen poca utilidad práctica en todas las ciudades... Total, que nuestras instituciones tienen unos agujeros económicos de aúpa. ¿Por qué no hemos aprendido del pasado? ¿Por qué ahora que teníamos un estado de bienestar lo suficientemente extendido en la población, lo destruimos? ¿Por qué recortamos primeramente en educación e investigación?
Está claro que no hemos aprendido. No hemos sido capaces de atender en cien años a las palabras de renovación de unos hombres que vieron cómo este país caía lo más bajo que podía caer. Preferimos destinar el dinero a grandes premios de fórmula 1, a grandes estadios de fútbol y nos olvidamos de que para que un país avance necesita mentes preparadas así como potenciar aquellas que ya lo están para que con sus investigaciones faciliten la vida a los demás.
Mi sueño es dejar de ver un día desfiles militares para disfrutar con un desfile de científicos españoles que han encontrado una vacuna para el SIDA (algo que por cierto, está bastante avanzado) o que han podido volver a nuestro país porque el ministerio les ha concedido una beca digna. Me gustaría salir a aplaudir a un premio nobel de física español, a uno de medicina, y ¿por qué no? a uno de la paz.
Quiero sentirme orgulloso de decir que un español inventó un sistema de regadíos que ahorra mucha más agua de la que ahora se ahorra o que otro español ha hallado la solución a la crisis cambiando los valores éticos de esos seres que manejan el dinero.
Quiero un día poder decir que soy español sin miedo a gritarlo, porque ahora mismo me avergüenzo un poquito y lo digo con la boquita pequeña, casi cerrada.