miércoles, 19 de septiembre de 2012

Albada



Adiós a los que se quedan
y a los que se van también
Adiós a Huesca y provincia
a Zaragoza y Teruel

Esta es la albada del viento
la albada del que se fue
que quiso volver un día
pero eso no pudo ser

Las albadas de mi tierra
se entonan por la mañana
para animar a las gentes
a comenzar la jornada

Arriba los compañeros
que ya ha llegado la hora
de tener en nuestras manos
lo que nos quitan de fuera

Esta albada que yo canto
es una albada guerrera
que lucha por que regresen
los que dejaron su tierra

José Antonio Labordeta falleció el 19 de septiembre de 2010, hace hoy dos años, pero su recuerdo permanecerá vivo siempre en la memoria de muchos aragoneses que amamos profundamente nuestra tierra. Parece mentira que estas canciones, escritas ya hace tres décadas, estén todavía de absoluta actualidad. Nos queda un largo camino por recorrer.

martes, 11 de septiembre de 2012

Hashima

Hola a todos:

No suelo utilizar este espacio para la promoción individual, pero que esta vez, creo que la ocasión lo merece. El pasado mes de mayo, un equipo de Aragón Televisión grabó un pequeño concierto de cinco canciones y una entrevista en los que mi banda de rock, Hashima, desgranamos lo que somos y lo que esperamos del futuro.

El programa será emitido el próximo sábado 15 de septiembre, a eso de las 11:50 del mediodía. Forma parte de la edición televisiva de Comunidad Sonora, programa radiofónico dirigido y presentado por Alberto Guardiola cada noche a las 22h. en Aragón Radio. Desde aquí le agradezco la confianza puesta en nosotros y espero que diéramos el nivel.

Saludos a todos,

                             Galip Bey



miércoles, 5 de septiembre de 2012

La Salud

Luis tiene treinta y dos años, piel morena y ojos negros. Se acaba de comprometer con su novia, Adela, tras un noviazgo de ocho años. Son felices. Se aman con locura y cuando yacen juntos en la cama sienten que el mundo se reduce a ellos dos, a un habitáculo en el que nada más que sus voces jadeantes pueden escucharse. Luis y Adela acaban de recibir una terrible noticia: él tiene cáncer. Viven en un país con una seguridad social que cubre todos los gastos del tratamiento y pese a los recortes que el gobierno está aplicando, todavía el funcionamiento del sistema sanitario público es bueno. Por ello, a partir de ahora tendrán que concentrar todas sus fuerzas en superar una enfermedad terrible, dura, la cual les dejará en muchos momentos sin aliento. Pero son jóvenes, se quieren y tienen toda la vida por delante para amarse. 


* * *
     

Javier tiene treinta y dos años, piel blanca y ojos claros. Tras un largo noviazgo con su novia,Julia, se han comprometido por fin. Su boda será maravillosa, rodeados de su familia y amigos, en un lugar sencillo pero acogedor, su pueblo. Sin embargo, a Javier le ha sido detectado un cáncer galopante que debe ser tratado con celeridad para evitar consecuencias fatales. Javier y Julia viven en un país cuya sanidad pública ha sido reducida prácticamente a la nada, un país en el que las empresas privadas se han hecho con el control de la salud, convirtiéndola en un negocio. Vivieron el proceso de conversión cuando eran unos niños y ahora deberán reunir una cantidad de dinero enorme para poder curar la enfermedad, pues aunque no son pobres, su situación económica no les permite pagar la quimioterapia ni la operación. En vez de concentrarse en luchar contra el cáncer, han de poner todo su esfuerzo en reunir el efectivo suficiente, lo cual les va a suponer perder mucho tiempo para iniciar un tratamiento que apremia, reduciendo las posibilidades que Javier tiene de sobrevivir. 



Es la diferencia de tener un sistema sanitario público de calidad a no tenerlo y en este momento, nos lo están robando. Está en nuestras manos impedirlo.

domingo, 26 de agosto de 2012

La Luna huérfana

Silencio absoluto. Nada más allá del leve bufido de su respiración. En el interior de la carcasa cristalina,  refleja la superficie lunar toda su inmaculada blancura. Teme que una lágrima transforme su protección en una pecera, pero la emoción le embarga en ese momento y desoye su prudencia, excitada por los latidos de un corazón en el espacio. Baja con sumo cuidado los escalones, alterada su masa por una gravedad que nunca antes había experimentado. No quiere que un pequeño descuido estropee el momento más hermoso de su vida y uno de los más importantes de la historia de la Humanidad. Sabe que millones de ojos le miran a través del televisor en todos los rincones de la Tierra, un planeta que ahora mismo para él tiene el tamaño de un disco de vinilo. Se siente enano ante la inmensidad del Universo, como un microorganismo de plancton en las fauces de una ballena. Su vida no es sino un breve parpadeo ante la longevidad de las estrellas, ante la casi eterna duración de los procesos en el Espacio. ¿Qué es él al lado de una supernova?, ¿cómo compararse con una nebulosa como la M-42, con una galaxia como Andrómeda?

Sin darse cuenta, ha llegado al último escalón. Ya sólo queda un pequeño paso para él, pero un gran paso para el género humano. Recuerda a Cristobal Colón poniendo por vez primera el pie en el Nuevo Mundo, a Roald Amundsen alcanzando el extremo más meridional de la Tierra, al Doctor Livingstone contemplando las que después llamaría cataratas Victoria en honor a su reina, y a otros tantos exploradores que han dejado su nombre en los anales de la historia gracias a sus hazañas. Se sabe una persona importante, aunque él nunca dejará de ser ese niño que de pequeño soñaba con ir a la Luna. Hoy, él es todos esos niños que miran a través del telescopio y de sus prismáticos los mares y cráteres a los que desde hace tantos siglos se les han puesto innumerables nombres. Hoy, pone fin a esas leyendas que narraban la existencia de seres asombrosos, las historias que entretenían a los chavales al calor de la lumbre mientras sus abuelos les hablaban de brujas y duendes. 

Neil Armstrong llegó a la Luna, digan lo que digan las malas lenguas. Si tenéis dudas, cuando tengáis la oportunidad de viajar a nuestro satélite, comprobad que su huella sigue ahí pese al paso del tiempo. Ayer falleció a los ochenta y dos años. Para todos los que amamos aquello que hay más allá de nuestro planeta, su pérdida supone la marcha de un auténtico héroe.

Descanse En Paz


jueves, 5 de julio de 2012

Ojalá

Te das cuenta de que eres mayor cuando una noche como la de hoy se convierte en una aventura al volver al lugar donde has sido feliz durante la infancia y te reencuentras con personas a las que antes veías a menudo, personas con las que compartías juegos y travesuras de niños, con las que compartías peña y celebrabas el comienzo de las fiestas pero lamentabas su final. Disfrutas ahora del silencio cálido cuando el bar ha quedado vacío y la televisión transmite imágenes que nadie ve. Se concentra la emoción en las palabras cargadas de nostalgia que se entrecruzan formando los recuerdos más hermosos de la vida. Suena entonces la campana de la iglesia dando las once de la noche y el martilleo agudo de cada golpe agita los tímpanos en una cascada de vivencias: el traqueteo de un viejo tractor que ya no trabaja, los ronquidos de mi abuelo cuando el resto del pueblo es silencio, el cohete anunciador de las fiestas con la primera campanada de las doce, la hora de volver a casa para cenar a toda velocidad y salir inmediatamente con el objetivo de jugar un rato más hasta el momento de dormir. Cuando estaba ahí durante tantos meses y oía las campanadas cada media hora no era consciente de todo lo que me evocarían ahora, no tantos años después. Ese sonido ya forma parte inseparable de mí.

A través de la ventana se ve a los niños jugar en la plaza mientras se mojan en la vieja fuente, esa construcción piramidal rematada con una bola que servía para contar al encargado de buscar a los demás cuando jugábamos al escondite. Ahora son otros quienes ocupan ese lugar, unos pequeños a los que no conozco, rostros que resultan familiares pero a los que me siento incapaz de identificar. Por un momento me sorprende que sus padres no estén cerca mas entonces me percato de que no estoy en la ciudad, de que aquí la libertad es plena y el peligro, inexistente. Yo también me pasaba el día en la calle, en la plaza o en la piscina mientras mi abuela estaba en casa viendo la novela, haciendo labor o completando crucigramas y mi abuelo... mi abuelo estaba en el lote regando o cosechando, disfrutando de la que había sido su profesión desde niño. 

Me parece mentira lo feliz que era, lo ajeno que vivía a todo lo que ocurría en el mundo, lo fácil que era vivir despreocupado. Parecía que todo aquello iba a durar para siempre y ahora sonrío al recordar cuando decía que yo siempre iría a El Bayo en verano, ocurriera lo que ocurriera. Ojalá los deseos de la infancia se cumplieran. 

martes, 19 de junio de 2012

La ciudad de los atardeceres más bonitos del mundo



Me gusta coleccionar puestas de sol. Desde pequeño he observado muchas, no sólo en Zaragoza, sino en distintos lugares de Aragón, de España y del planeta Tierra. He visto morir al astro rey tras los minaretes y cúpulas de Estambul, o caer entre las pirámides de Giza y la ribera del inmenso Nilo. He contemplado el Popocatepetl iluminado por las últimas llamaradas del día y el océano Pacífico envuelto en un manto rosado. En París, me quedé una vez tumbado en los Campos de Marte mientras la Torre Eiffel resplandecía con miles de luces que parpadeaban despidiendo a la luz más grande de todas, la luz que nos da la vida, y en Atenas, desde el hotel, pude disfrutar del ocaso frente a la Acrópolis, origen de lo que somos.

Pero de todos ellos, de todos esos atardeceres maravillosos, de esos miles de espectáculos impagables aun con todo el dinero del mundo, me quedo con el de mi ciudad. No me acusen de sectario y cazurro antes de tiempo. Hay muchas cosas que detesto de Zaragoza y seguramente la lista sería interminable. Pero déjenme disfrutar del Padre Ebro, de sus verdes y frondosas orillas, de los puentes que a lo largo de los siglos han construido sobre él los habitantes de esta bimilenaria ciudad. Déjenme disfrutar de las vistas de la basílica del Pilar, de La Seo, de San Pablo, La Madalena y el Santo Sepulcro. Quiero imaginar esa esplendorosa ciudad del siglo XVI cuyo perfil estaba poblado de torres mudéjares y renacentistas, de las cuales hoy conservamos algunas. 

Contemplen y juzguen ustedes si es o no el atardecer más bonito -o al menos, uno de los más bonitos- que han visto:






domingo, 17 de junio de 2012

El repartidor

Ya no me sorprende verlo ahí, donde la calle Don Jaime desemboca en la plaza de España, calzando unas zapatillas dos o tres números más grandes que sus pies, las cuales se agitan ante los pasos que le llevan a asaltar a todo paseante que osa invadir su área de trabajo. Les tiende de una manera un poco exagerada unos papeles informativos de un establecimiento de esos que tan en boga están últimamente, un "compro oro", y la gente se aleja asustada ante la brusquedad de sus modales. Por si a alguien le quedaba alguna duda, su chaleco fosforescente indica en letras bien grandes para quién trabaja, lo cual le da un aspecto todavía más extravagante. Además, siempre pende de su boca su inseparable puro. Lo saborea, lo disfruta, le hace la vida y su faena agradables pese al frío del invierno o al calor del verano, pues haga el tiempo que haga, sea el día que sea, él permanece en su puesto. 

Quizá el momento más duro llega cuando se le terminan los papeles que repartir. Entonces comienza a proclamar de una manera un tanto acalorada las ventajas de vender el oro en el establecimiento para el que trabaja. La gente le mira asustada y se abre un hueco entre él y los viandantes. Habla atropelladamente, sin pronunciar lo suficientemente claro el mensaje que pretende transmitir, quedando sus palabras en un mero balbuceo ante el que los niños que van de la mano de sus padres, lanzan miradas atónitas, asustadas. Todo el mundo pasa de largo, tratando de dejarle de lado, pero él prosigue sempiterno su trabajo, convencido de ser el mejor reclamo del mundo. 

La tristeza llega al terminar la jornada. A pesar de llegar feliz a la hora de comer, se encuentra a cada paso uno de los cientos de papeles repartidos en la mañana. La tipografía empleada en las letras son inconfundibles pese a sus problemas de visión y no necesita agacharse para comprobar que se trata de la misma propaganda que tanto se había afanado en entregar a los clientes potenciales. Camina cabizbajo, afligido, con la moral por los suelos. Se da cuenta entonces de la insensibilidad presente en las personas, siempre preocupadas de sus asuntos. Es normal, piensa por otra parte, pues andarán con prisa hacia sus trabajos, o a buscar a sus hijos al colegio, o a una clase para la que han salido demasiado tarde de casa. 

Por eso, cuando lo encuentro repartiendo su propaganda, le cojo uno de los papeles que reparte a pesar de que luego no vaya a ojearlo. Lo guardo en mi bolsillo y le doy algún tipo de utilidad, como marcapágina, algo de lo que siempre carezco cuando necesito. Recojo el papel porque su trabajo es tan digno de admirar como cualquier otro, porque creo que si ve a la gente leyéndolo, será suficiente recompensa para él. Y no cuesta nada hacer feliz a una persona tan sencilla, ¿verdad?