lunes, 15 de abril de 2013

Niños desahuciados

"Puro nazismo" decía una señora que se dedica a la política al hablar de los escraches. Me entristece que se empleen de una manera tan alegre términos tan serios, sobre todo cuando supusieron el exterminio de seis millones de personas en los campos de concentración, no sin antes haberlas obligado a abandonar sus casas, haberlas sometido a torturas, trabajos forzados, encierros en guetos donde las condiciones de vida eran infrahumanas, así como en campos de concentración en los que vieron su nombre cambiado por un número. El uso inadecuado de las palabras conduce al error y a la tergiversación de su significado, algo especialmente grave cuando se trata de uno de los episodios más desagradables de la historia mundial reciente.

Se preguntan "por qué un niño tiene que aguantar presión en la puerta de su casa", pero se olvidan de los miles de niños que sufren a diario el acoso de la policía y de los bancos, olvidan cómo los padres de esos niños tratan de luchar para que ellos no se den cuenta de todo lo que está ocurriendo. El año pasado fueron 30.000 los desahucios de primera vivienda en España, uno cada quince minutos, lo cual da una idea de la magnitud del problema. No sabemos cuántos niños hay involucrados en esa terrible cifra, pero sí sabemos que en torno al 30% de los niños de nuestro país viven en el umbral de la pobreza. Es curioso que nadie se acuerde de ellos pero sí de los poquísimos que han sufrido un escrache, sobre todo cuando se intenta que estas protestas pacíficas coincidan con el horario escolar, para que estos niños no vean lo desalmado que es su padre o su madre con otros niños a los que no conoce.

Al hablar de nazismo, me estaba acordando de una novela que obtuvo una gran repercusión hace unos pocos años. Se trata de "El niño con el pijama de rayas", de John Boyne. Nunca me han gustado estas historias sentimentales en medio de una barbarie, pero reconozco que ésta podría servir hoy como ejemplo. Si no la han leído, les diré que trata sobre un niño alemán, hijo de un militar nazi que es enviado a controlar un campo de concentración. A través de una ventana de su casa, el niño ve a los presos con sus trajes de rayas y se hace amigo de un niño judío que vive al otro lado de la valla. El niño judío le cuenta cómo es su vida, entablan una amistad y a los pocos días, el niño judío es incapaz de encontrar a su padre, a lo que su amigo alemán responde cruzando la valla del campo para ayudarle en su búsqueda. Me fastidia contarles el final, pero creo que es importante que sepan que ambos niños terminan asesinados en una cámara de gas. El padre del niño nazi es detenido al poco tiempo por los aliados y ya no le importa lo que hagan con él, pues ha perdido a su hijo. 

Esta novela puede parecer inocente, ingenua, pero creo que los niños poseen la suficientemente capacidad empática para darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Si esos niños han sufrido un escrache, sin duda preguntarán a sus padres cuál es el motivo de que se haya producido. ¿Se imaginan al diputado o diputada explicando a su hijo que lo que ocurre es que él va a votar en contra de una propuesta hecha por el pueblo para tratar de facilitar un poco la vida a otros niños que no tienen casa? ¿Se imaginan la respuesta del niño? 

Aquí les dejo el testimonio de este valiente chavalín de ocho añazos, un ejemplo de lo que es un niño que ha sufrido un desahucio. Su familia puede ser una de ésas que participan en los escraches y que reciben el insulto de los políticos y de buena parte de la prensa. ¿Qué les parece?:


miércoles, 20 de marzo de 2013

Vergüenza

Hace diez años, un día como hoy, me encontraba desayunando en casa de Azad, mi correspondent francés del intercambio que realizábamos desde mi instituto con el lycée Camille Sée de París, cuando vi las primeras imágenes de los bombardeos en Irak, todavía medio contagiado por el sueño, pues nos teníamos que levantar muy temprano para llegar a la hora que empezaban las clases en el instituto. Fueron los primeros misiles, las primeras explosiones y los primeros muertos de un conflicto que todavía hoy, una década después, no ha terminado pese a que nos han intentado convencer en más de una ocasión de que con la ejecución de Sadam Hussein se ponía fin a la barbarie en el país mesopotámico. Creo que todos hemos aprendido que la democracia no se puede imponer a punta de pistola, pero aún hoy algunos se empeñan en caer en el mismo error. 

Aquel día, en una de las clases del instituto, los alumnos del lycée nos preguntaban acerca de nuestro país. Una de sus cuestiones me hizo sonrojar y sentir vergüenza, "¿por qué los españoles apoyáis la guerra?", dijo un chico francés. No podía imaginar que tras la multitudinaria manifestación que un mes antes había llenado las calles de Zaragoza y de muchas otras ciudades españolas, que a pesar de las encuestas donde se afirmaba que más del 90% de la población estaba en contra de la guerra, pudieran tener en el extranjero esa imagen de nosotros. Les tuve que aclarar que a pesar de lo que hiciera o dejara de hacer el gobierno, que por entonces poseía una amplia mayoría absoluta, no tenía nada que ver con la opinión del pueblo. Logré convencerles de que los delirios de grandeza del presidente Aznar en nada se asemejaban a los deseos de paz de un país que odiaba las guerras pues unas décadas antes había sufrido el terrible dolor de un conflicto civil con sus casi cuarenta años de consecuencias. 

Creo que era la primera vez que me avergonzaba de ser español y todavía me quedaban muchas más. Y las que me quedan.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Nocturno nº 2

Ya no recordaba cómo sonaba el piano afinado, pues hacía años que había sido revisado por última vez. Sus dedos seguían ágiles pese a la edad, pero el sonido nada tenía que ver con lo escrito en las partituras. Él se esforzaba en cumplir con los matices marcados, en imprimir el carácter que el compositor dictó en su día para que su obra no perdiera ni un ápice de intencionalidad. Al fin y al cabo, la música es el idioma de los sentimientos y él, el viejo Friedrich Szpilman, que había recorrido el mundo una y mil veces, siempre fue capaz de transmitir las más profundas inquietudes a las más diversas audiencias, que le escuchaban atentas y conmovidas ante su despliegue técnico y expresivo.

Las llamadas le llovían hasta el punto que hubo de contratar un representante. Su vida estaba llena de aeropuertos, estaciones de tren, taxis, pero sobre todo, salas de conciertos. Había recorrido las más importantes del planeta y otras no tan importantes pero igualmente cálidas. En su currículum figuraban actuaciones junto a la Filarmónica de Berlín, la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam o la Filarmónica de Chicago, haciéndose la lista inacabable, inabarcable. Cada día olía nuevas flores regaladas tras el recital; los aplausos de la audiencia entregada atronaban en sus oídos, provocándole más de una vez lágrimas de felicidad por ser capaz de hacer llegar su sensibilidad en cada concierto pese al cansancio acumulado por el jetlag.

Friedrich tenía además un alma gemela inseparable, su esposa Agnes, una mujer maravillosa capaz de hacerle olvidar por un momento la música, la vida, incluso la muerte. Cuando veía su sonrisa en el palco antes de comenzar a percutir las teclas del piano, se creía capaz de todo, de interpretar en ese momento cualquier preludio de Rachmaninoff, cualquier concierto de Brahms o cualquier sonata de Beethoven. Ella era la fuerza necesaria para que el mundo girase y el Sol saliera cada mañana. Y al igual que ella era su vida, cuando murió todo terminó repentinamente. Fue durante un concierto en la Ópera de París. Tañó la última cadencia del Nocturno nº2 de Chopin, pieza que aquel día había elegido como bis, delicada y luminosa como pocas, y al contemplar el palco en el que Agnes debía estar sentada se dio cuenta de que había un hueco en su lugar. Rápidamente salió del escenario, ella nunca se marcharía antes de terminar, pensó, ella permanece atenta hasta el último compás, hasta la última nota, hasta que mi vista se levanta del teclado, suspiro y miro al público diciéndoles con mis ojos que todo ha terminado.

Dejó al respetable plantado. La gente seguía aplaudiendo, reclamando su presencia una vez más. Deseaban un saludo, un gesto de agradecimiento, pero Friedrich fue corriendo al camerino, exigiendo explicaciones a Hans, su representante. Éste le anunció que Agnes había sufrido un desmayo durante el concierto y habían decidido trasladarla al hospital debido a que no terminaba de reponerse tras el susto. Friedrich salió corriendo del auditorio y tomó el primer taxi camino del hospital Lariboisiere, próximo a la Gare du Nord. Atravesaron la rue La Fayette a gran velocidad, pues apenas había tráfico, comprendiendo el taxista la prisa que su cliente tenía por llegar. Una vez allí desembarcó enseguida en la unidad de cuidados intensivos, donde el doctor Aubrun le informó de que Agnes había sufrido un derrame cerebral sin que hubieran podido hacer nada por ella.

Todo se ennegreció. Friedrich cerró los ojos y se sintió caer por un abismo de dolor hacia la soledad más absoluta. En un primer momento no creyó la noticia, pero conforme pasaban los minutos se sentía incapaz de despertar de la pesadilla, sumido en un estanque de lágrimas y desesperación. Hans, su representante, llegó enseguida y trató de calmarle, pero la tristeza de Friedrich no tendría ya cura, ni entonces ni pasados los días. Decidió dar sepultura a su amada en el cementerio del Père Lachaise, en un lugar junto a otro Friedrich, Chopin, aunque en realidad era él, el propio Friedrich Szpilman, el mejor pianista del momento, quien iba a yacer para siempre bajo la tierra del camposanto parisino.

A pesar de sus intentos por volver a los escenarios, había perdido la capacidad de transmitir al público sus sentimientos. Las críticas en los periódicos de todo el mundo pasaron de ser alabanzas a dardos envenenados que no hacían sino mermar sus ganas de seguir con la vida que había llevado hasta entonces. Fue en aquel tiempo cuando durante una revisión médica, le fue detectada una incipiente sordera en ambos oídos que en pocos meses le dejó como una tapia. Dejó de percibir los sonidos que hasta entonces le habían inspirado, convirtiéndose en un zumbido constante que le martilleaba el cerebro con la intensidad de un viento huracanado.

Así, poco a poco, quedó encerrado en su propia burbuja, aislado del mundo y de la vida. Sus amigos, si es que alguna vez los tuvo, le abandonaron como se deja morir a un perro viejo. Su representante buscó otros jóvenes talentos a los que exprimir y Friedrich perdió poco a poco su dinero, estafado por la misma persona en la que tanto había confiado. Tan pobre quedó, que no podía pagar la revisión anual de su estupendo piano, por lo que las notas ya no eran notas sino quejidos amargos. Claro que, pensaba él, da igual que las cuerdas estén bien temperadas, pues estoy más sordo que Beethoven. Aunque pensaba en el célebre compositor alemán, en los éxitos cosechados pese a su sordera, Friedrich no quería saber nada de volver a actuar. Cada vez que se imaginaba en un escenario, terminaba de tocar el Nocturno nº 2 de Chopin, alzaba la vista al palco de invitados y veía el sitio vacío de Agnes. Entonces todo volvía a comenzar, recreando en su mente los peores momentos de su vida. 

Viejo y ajado por el tiempo, Friedrich decidió partir una noche mientras en su cabeza sonaban una vez más los acordes deliciosos de su tocayo polaco, feliz pese a todo. Nadie le echó de menos. 

viernes, 14 de diciembre de 2012

El Golpe

-¡Quieto todo el mundo!

El joven irrumpió en el hemiciclo cuando el presidente se hallaba compareciendo acerca de los presupuestos a aprobar para el próximo ejercicio. Estaba tratando en ese momento los recortes producidos en materia social, dejando a un mayor número de personas en situación de absoluta desprotección frente a la exclusión. Se quedó con la boca abierta y la mirada completamente petrificada mientras observaba cómo el joven, pistola en mano, apuntaba hacia el techo y lanzaba tres disparos al aire que produjeron la caída de algunos casquetes de yeso sobre los diputados. Ninguno de los presentes quedaba sentado en su sillón, pues se habían precipitado bajo los escaños, sólo entresacando la cabeza para ver qué pasaba abajo, en la tribuna de oradores. Allí, el presidente había cambiado súbitamente su posición para quedarse hecho un ovillo bajo el estrado, mientras el joven golpista subía los peldaños y apuntaba amenazante al jefe del gobierno. Tomó el micrófono en ese instante y comenzó su discurso:

-Señor presidente, señores y señoras ministros, señores y señoras diputados, no se asusten. Soy un simple ciudadano que ha decidido junto a otros muchos ciudadanos presentarse en este lugar para poner los puntos sobre las íes, para decirles que no soportamos más la presión a la que no están sometiendo, la miseria hacia la que están llevando a su pueblo mientras unos pocos aumentan notablemente sus riquezas al tiempo que llevan sus cuentas bancarias a paraísos fiscales que nadie se atreve a intervenir. Ustedes, que fueron elegidos porque realizaron una serie de promesas -y esto va especialmente dirigido a los miembros del gobierno- han traicionado la confianza depositada por millones de ciudadanos que les votaron pensando que su calidad de vida mejoraría cuando no ha hecho sino empeorar. Ustedes están destruyendo un estado del bienestar que ha costado mucho tiempo construir, ¿es que ya no recuerdan la situación de Europa tras la Segunda Guerra Mundial?, ¿es que nunca han leído acerca de la miseria vivida en los años treinta y las ansias de cambio tras la derrota del nazismo? ¿Desconocen ustedes que la existencia de un sistema de seguridad social universal permitió la reducción a la nada de unos índices de miseria altísimos en nuestros continente que ahogaban las posibilidades de supervivencia del grueso de la población? Está claro que no tienen ni la más remota idea de nuestra historia y por ello están cometiendo los mismos errores que nuestros antepasados más cercanos. Creyeron que la plena libertad de los mercados haría crecer eternamente la riqueza, creyeron firmemente en los dogmas del neoliberalismo como quien cree en los dogmas de una religión. Dejaron hacer a los bancos y las empresas, dejaron que especularan con lo que jamás debieron especular y ustedes se aprovecharon de todo ello. Son irremediablemente cómplices porque no hay más que echar un vistazo al listado de ex-ministros y ex-presidentes que copan las cúpulas de la grandes empresas energéticas de nuestro país o incluso en el extranjero. Han olvidado el verdadero significado de la política, que es trabajar para el bien del ciudadano y no para el suyo propio. Han traicionado los valores de la democracia y por ello estamos hoy aquí, para dictarles unas reformas en base a las necesidades de la ciudadanía, en base al crecimiento acompañado de desarrollo y no sólo de enriquecimiento. Se trata de una legislación estricta que separe de verdad los poderes en nuestro país, una nueva constitución que permita al pueblo ser soberano de sí mismo y no súbdito de los mercados, esos entes que tienen nombres y apellidos aunque a ustedes les produzca pavor mencionarlos. 

Nos acusarán de simplistas, de populistas, de irrealistas, pero la realidad es que ustedes se han visto superados por su propia incompetencia y ya es hora de que los ciudadanos seamos capaces de tomar decisiones por nosotros mismos. Desde hoy queda disuelto este parlamento por orden ciudadana. Nos dirán que esto no es legal, pero tampoco es legal dejarnos sin derechos y empobrecernos a marchas forzadas. Les recuerdo que el Estado se basa en un pacto mediante el cual nosotros acatamos las leyes a cambio de unos derechos y si esos derechos nos son arrebatados, ustedes no tienen legitimidad para obligarnos a cumplir las leyes. Hoy es un día histórico porque al fin el pueblo soberano de sí mismo viene a su casa, que es este parlamento, donde apenas quedan verdaderos representantes. 

Convocamos elecciones a cortes constituyentes para redactar una nueva carta magna que blinde de verdad nuestros derechos y no esta pantomima que aprobaron hace unas décadas. Presentamos también una reforma de la ley electoral para que cada voto, sea emitido desde donde sea, valga lo mismo a la hora del escrutinio, una reforma que permita al ciudadano votar a una persona y no a una lista dictada por los órganos de los partidos, pues deseamos que los políticos se desvivan por el ciudadano y no por su partido. Los escaños habrá que ganarlos en la calle y no en sus sedes, donde sólo se respira competencia entre compañeros por alcanzar el poder.

Se trata del primero de muchos pasos, por supuesto, pero somos conscientes de que para cambiar este país, para cambiar este modelo, necesitamos empezar por los cimientos sobre los que se asienta. Anhelamos una nación de la que sentirnos orgullosos, una nación que nos acoja como hijos y no que nos obligue a partir al extranjero para tratar de ganarnos la vida, una nación llevada por gente honrada que rinda sus cuentas ante los ciudadanos y que gobierne por y para ellos. 

Por ello, les exhorto en mi nombre y en el de toda la ciudadanía a cambiar el rumbo. Les pido disculpas por los métodos que he tomado hoy, pero está claro que inundar las calles cada semana no parece suficiente. A veces hay que usar métodos expeditivos para ser escuchado y está claro que a ustedes hay que hacerles bajar de la burbuja en la que están instalados para que vean la realidad de su ciudadanía, una ciudadanía que pierde sus casas, sus trabajos y sus sueños, una ciudadanía que cada día tiene menos que llevarse a la boca. 

Ahora son ustedes los que deben recoger el guante. 

No se preocupen, ya me marcho. Pueden seguir discutiendo sobre quién lo hizo peor mientras estaba en el gobierno, sobre cómo privatizar el sistema sanitario para otorgar su explotación a algún amigo o sobre cómo poner más zancadillas a la comunidad de un país que necesita ayuda urgente. Si no cambian el rumbo, les advierto que el hambre dará lugar a revueltas y revoluciones, así que ustedes verán hacia dónde dirigen sus pasos. 

Me voy, pero espero dejar en ustedes la profunda huella de una ciudadanía harta.


En ese instante, lanzó una mirada de lástima al presidente, que seguía presa del pánico. En el fondo son una cuadrilla de cobardes, pensó, en cuanto oyen dos disparos te aprueban cualquier propuesta de ley que presentes. Hay que ver...

sábado, 24 de noviembre de 2012

Christian Scott. (La música)

Hay músicos que no necesitan cantar para recitar un poema. Solamente precisan de su capacidad para prensar la tecla adecuada, la nota precisa para transmitir un mensaje conciso de tristeza o de amor, de indignación o de lucha. La magia de la música reside a menudo en la proeza de plasmar en una combinación de notas, arpegios, silencios y ritmos el llanto amargo más desgarrador o la felicidad más plena que otorga la confianza ante la certeza del amor verdadero. La música no sólo consiste en tocar sino principalmente en transmitir algo a quien escucha, en establecer el nexo para despertar la empatía en la audiencia. Ya menudo también la música consiste en ir más allá, en adentrarse en las raíces más profundas de tus ancestros para extraer el espíritu de lo que somos y de aquello a lo que aspiramos. Es necesario sobrepasar los patrones marcados, eso sí, sin violarlos, siendo conscientes de dónde venimos para establecer el lugar hacia el que vamos. 

En un mundo en el que estamos cansados de escuchar siempre las mismas canciones, las mismas armonías, las mismas letras estúpidas carentes de trascendencia, es necesario prestar atención a quien tiene claro lo que quiere decir y además, sabe cómo hacerlo. Plasmar el dolor ante la pérdida de todo cuanto tienes debido a la acción violenta y poderosa de la naturaleza, ante el desamparo más atroz en el que se vieron inmersas miles de personas tras la catástrofe causada por el Katrina en Nueva Orleans allá por 2005, supone un ejercicio de estudio profundo para ser capaz de expresar con una trompeta los gritos y las ansias por encontrar un futuro mejor. Calcular la cantidad precisa de aire, el intervalo más adecuado, la figura rítmica más apropiada sobre un colchón armónico tan sobrecogedor, conlleva una enorme técnica y un conocimiento privilegiado del instrumento, en este caso una trompeta.

Christian Scott es el intérprete más brillante de la actual generación de músicos provenientes de Nueva Orleans, cuna del jazz, y anoche tuve la oportunidad de verlo por segunda vez en Zaragoza. Si sus discos son deliciosos, los directos acongojan y despiertan la admiración ante el inmanente sentido musical de este tipo. Me costará recuperarme de este concierto, porque pocas veces había experimentado tantísimas sensaciones encontradas en tan corto espacio de tiempo.

martes, 13 de noviembre de 2012

La crisis que nos consume

O llegó abatida a clase. Sus ojos ojerosos trataban de esconder un llanto que debió de prolongarse desde que hacía unas horas le habían comunicado en su empresa la temida noticia. Esas tres letras tan terribles y tan comunes en nuestro país desde hace cuatro años y más todavía tras la última reforma laboral fueron las que llegaron a los oídos de O de una manera personificada: ERE. La seguridad con la que me dijo estas palabras me impactó, pues nunca antes alguien había tenido el valor de reconocer ante mí esta terrible situación con tan poco tiempo para asimilarla.

O llevaba varios meses haciendo horas extra sin parar, muchas de ellas de forma gratuita ya que su empresa no pasaba por el mejor momento. Cuando las cobraba, se alegraba y cuando no, no protestaba, limitándose a cumplir con su cometido ante el miedo a perder su preciado puesto de trabajo. Así llevaba un tiempo guardando dinero para comprarse una batería, pues cuando viene a clase es lo que más le gusta tocar y tenía muchas ganas de estudiar al fin decentemente en su casa para traer las lecciones mejor preparadas. Para mí las personas como O tienen mucho mérito, pues han tenido siempre la inquietud por aprender a tocar un instrumento pero no han visto la oportunidad de realizar sus ilusiones hasta que han sido personas adultas y maduras. Ver esa curiosidad y esas ganas por aprender en ellos me provoca sacar lo mejor de mí como profesor, más todavía teniendo en cuenta que a pesar de no tener mucho tiempo de estudio, el poco del que disponen lo aprovechan al máximo. 

O era el otro día un mar de dudas, un océano de incertidumbres. No sabía qué iba a ser de ella ni durante cuánto tiempo iba a estar sin trabajo. No sabía si podría seguir pagando en unos meses las clases, ante lo cual se hizo un nudo en su garganta, pues a O le encanta la música y le fascina tocar tanto o más que a un profesional, aunque su técnica no sea la mejor, ni su tiempo de estudio sea el suficiente. Lo importante en todo esto es sentirse feliz y completa mientras percute la superficie de la caja o cuando pisa con fuerza el pedal del bombo. A veces le cuesta mantener el tempo, o se atasca a la hora de leer el ejercicio, pero la ilusión con la que sale de clase tras haber resuelto los problemas es una recompensa más que suficiente tanto para ella como para mí.

Me dolería mucho perder otro alumno por el maldito paro -el anterior fue V, quien tuvo que dejar las clases a mitad del pasado curso-, pues esta crisis que cada día se agudiza nos está fagocitando como personas, como seres humanos, haciendo de nosotros zombis que caminan sin saber muy bien hacia dónde dirigir sus pasos, capaces de aceptar cualquier empleo en unas condiciones terribles, inimaginables hace apenas cinco años. No quiero que ninguno de mis alumnos se vea obligado a dejar las clases por no tener dinero para pagarlas. Prefiero cualquier otro motivo, pero éste, nunca más.

jueves, 25 de octubre de 2012

Los amantes

Él sólo sabía escribir los más bellos poemas cuando ella se hallaba lejos, por eso sufría en la cercanía pero era feliz en la distancia, pues entonces era capaz de tejer las palabras como si fueran hebras de fino hilo, trazando con paso lento pero firme la historia de su corazón. No quería contarle a ella su problema, aunque él tampoco lo consideraba como tal, más bien una pequeña maldición que algún augur juguetón le había introducido al nacer, como por arte de magia. No obstante, cuando estaban juntos, disfrutaba de su presencia hasta las últimas consecuencias, sabía que tarde o pronto volvería a partir, pues su trabajo le obligaba a estar continuamente viajando, lo cual le permitía a él centrarse en su obra, una obra que estaba completamente dedicada a ella, aunque eso fuera un secreto pactado tácitamente entre ambos para que las amantes esporádicas a las que conocía en la ausencia de su amada, creyeran que esas palabras estaban escritas mientras él las imaginaba desnudas, jadeantes después de hacer el amor. Él tampoco era tonto y ella comprendía sus escarceos como una debilidad incontrolable causada por su maldición. No obstante, era consciente de que su amor por él era real e infinito y se sentía incapaz de acostarse con otro hombre pese a que su belleza le hubiera permitido llevarse a la cama a quien quisiera. A pesar de ello, mantenía siempre la cabeza fría y el corazón a resguardo para que un pequeño calentón no le llevara a hacer algo de lo que se hubiera arrepentido. 

Ella era feliz así, o al menos eso creía. El día que encontró aquel poema en su buzón y lo leyó no le importó el aspecto de la persona que lo hubiera escrito. Pasaban los días y cada vez que se disponía a coger las cartas, entre los sobres de facturas -nadie escribe cartas ya, maldito correo, pensaba-, aparecía un papel con un poema, generalmente un soneto. Sus ojos acariciaban el papel en los cuartetos, pero al llegar a los tercetos su corazón había saltado del pecho y esparcido la sangre por todo el cuerpo, saliéndose del aparto circulatorio. Estaba enamorada a la par que intrigada ante tan misterioso personaje. 

Así fue hasta el día en que él decidió invitarla a cenar en un soneto que incluía la hora y el lugar de la cita de un modo muy ingenioso que a ella no le costó descifrar, así que se presentó ahí esa misma noche, en un restaurante pequeño e íntimo no lejos de su casa. Lo había imaginado de mil maneras: gordo, flaco, con bigote, con barba, cejijunto, calvo, melenudo, joven, viejo, risueño, ojeroso... No sabía ya qué pensar ni si llorar o reír, pero en ese instante lo tenía delante y lo cierto es que no lo había pensado tan bello, con su aire bohemio, sus gafas pequeñas y nariz respingona; sus ojos achinados, barba de tres días y labios estrechos. El conjunto era hermoso, aunque ella ya estaba predispuesta a enamorarse y nadie le iba a amargar ese sueño. 

Él estaba tranquilo, atusando su barba y nervioso ante la reacción de su amada. Nunca había hablado con ella ni sabía su nombre, pero que ella hubiese aceptado la invitación dejaba claro que el amor existía. Pidieron el primer plato, las miradas se esquivaban mas cuando se cruzaban, dibujaban en sus labios una sonrisa de timidez. Hablaban poco, y cuando lo hacían no podían disimular el temblor nervioso que atenazaba sus músculos. En alguna ocasión estuvieron a punto de llevarse el tenedor a la oreja pues aunque no lo crean, resulta difícil comer cuando la sangre brota del corazón a velocidades que romperían la barrera del sonido. Si a esto le añadimos las dos botellas de vino que tomaron durante la velada, imaginen el resultado final. Sí, amanecieron juntos y completamente desnudos en algún lugar de la ciudad.

Habían pasado los años y el amor seguía plenamente vivo. Él seguía con sus poemas y sus escarceos y ella, feliz, aunque sometida a una fidelidad absoluta. Siempre había pensado que era el precio a pagar por su inconmensurable belleza, yacer solamente con un hombre en su vida pero durante toda su vida. Hasta ese momento había pensado así pero cuando aparecen las dudas acerca de unas ideas que parecían yacer sobre cimientos de hormigón, todo se tambalea como sacudido por un terrible terremoto.

Ya no lo veía todo tan claro y por primera vez en su vida sabía lo que eran los celos. Esa sensación horrible que estruja el estómago sin remedio, pues cuando crees haberla olvidado, regresa con más fuerza, llevándose consigo hasta la última de tus fuerzas. Entonces se descubría hecha un nudo entre las sábanas del hotel que debía ocupar aquella noche, imaginándolo con otra en su propia cama. El sueño se difuminaba y se dirigía al aeropuerto completamente desvelada, con unas ojeras que copaban sus mejillas. Al bajar del avión estaba él esperándole con su aire bohemio, sus gafas pequeñas y nariz respingona, pero ella le miraba de una manera diferente. Ya no le llenaban sus sonetos ni disfrutaba haciendo el amor como antes. Ahora lo veía como un ser egoísta, como un poeta más que se afanaba únicamente en conseguir la perfección de sus versos sin importarle tener que follarse a cinco o seis fulanas mientras ella estaba de viaje. Ella nunca le había dicho que conservaba su trabajo sólo para que él pudiera seguir escribiendo, pero ya estaba harta de todo. 

Desde ese momento sería ella misma, cumpliría los sueños a los que había renunciado por él, por pasar su vida junto a él. Se dio cuenta de que nada ni nadie tenía derecho a decidir sobre su existencia y desde ese instante comenzó a volar rumbo a una nueva ciudad en la que vivir. 

Meses después se enteró mediante un diario digital de que él se había quitado la vida lanzándose desde un puente al río Ebro. Habían hallado su cuerpo gracias a un montón de hojas de papel que habían quedado encalladas entre unos juncos a orillas del río. La tinta de los poemas se había corrido debido a la acción del agua y su cadáver se encontraba boca abajo, vestido con una gabardina y un traje gris. Ella casi lo había logrado olvidar y en aquel instante sintió lástima por ese pobre poeta que un día la enamoró. A pesar de la trágica muerte no derramó ni una lágrima, sino que sintió alivio al pensar que de haber seguido con él, posiblemente ella hubiera terminado así, muerta por suicidio. Cerró el explorador de internet, apagó el ordenador, leyó el último poema que él le había dedicado y se quedó dormida para no despertar jamás.