"Puro nazismo" decía una señora que se dedica a la política al hablar de los escraches. Me entristece que se empleen de una manera tan alegre términos tan serios, sobre todo cuando supusieron el exterminio de seis millones de personas en los campos de concentración, no sin antes haberlas obligado a abandonar sus casas, haberlas sometido a torturas, trabajos forzados, encierros en guetos donde las condiciones de vida eran infrahumanas, así como en campos de concentración en los que vieron su nombre cambiado por un número. El uso inadecuado de las palabras conduce al error y a la tergiversación de su significado, algo especialmente grave cuando se trata de uno de los episodios más desagradables de la historia mundial reciente.
Se preguntan "por qué un niño tiene que aguantar presión en la puerta de su casa", pero se olvidan de los miles de niños que sufren a diario el acoso de la policía y de los bancos, olvidan cómo los padres de esos niños tratan de luchar para que ellos no se den cuenta de todo lo que está ocurriendo. El año pasado fueron 30.000 los desahucios de primera vivienda en España, uno cada quince minutos, lo cual da una idea de la magnitud del problema. No sabemos cuántos niños hay involucrados en esa terrible cifra, pero sí sabemos que en torno al 30% de los niños de nuestro país viven en el umbral de la pobreza. Es curioso que nadie se acuerde de ellos pero sí de los poquísimos que han sufrido un escrache, sobre todo cuando se intenta que estas protestas pacíficas coincidan con el horario escolar, para que estos niños no vean lo desalmado que es su padre o su madre con otros niños a los que no conoce.
Al hablar de nazismo, me estaba acordando de una novela que obtuvo una gran repercusión hace unos pocos años. Se trata de "El niño con el pijama de rayas", de John Boyne. Nunca me han gustado estas historias sentimentales en medio de una barbarie, pero reconozco que ésta podría servir hoy como ejemplo. Si no la han leído, les diré que trata sobre un niño alemán, hijo de un militar nazi que es enviado a controlar un campo de concentración. A través de una ventana de su casa, el niño ve a los presos con sus trajes de rayas y se hace amigo de un niño judío que vive al otro lado de la valla. El niño judío le cuenta cómo es su vida, entablan una amistad y a los pocos días, el niño judío es incapaz de encontrar a su padre, a lo que su amigo alemán responde cruzando la valla del campo para ayudarle en su búsqueda. Me fastidia contarles el final, pero creo que es importante que sepan que ambos niños terminan asesinados en una cámara de gas. El padre del niño nazi es detenido al poco tiempo por los aliados y ya no le importa lo que hagan con él, pues ha perdido a su hijo.
Esta novela puede parecer inocente, ingenua, pero creo que los niños poseen la suficientemente capacidad empática para darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Si esos niños han sufrido un escrache, sin duda preguntarán a sus padres cuál es el motivo de que se haya producido. ¿Se imaginan al diputado o diputada explicando a su hijo que lo que ocurre es que él va a votar en contra de una propuesta hecha por el pueblo para tratar de facilitar un poco la vida a otros niños que no tienen casa? ¿Se imaginan la respuesta del niño?
Aquí les dejo el testimonio de este valiente chavalín de ocho añazos, un ejemplo de lo que es un niño que ha sufrido un desahucio. Su familia puede ser una de ésas que participan en los escraches y que reciben el insulto de los políticos y de buena parte de la prensa. ¿Qué les parece?: